Vicente López (ATRIBUCIÓN): Inmaculada Concepción

Güeñes. Iglesia de Santa María
  • Óleo sobre lienzo. 108,5 x 76,5 cm.
  • Neoclásico. Hacia 1795
  • Nº inventario: 1491

Dentro de la nutrida producción del valenciano Vicente López (1772-1850) ha de encuadrarse este lustroso lienzo que representa el asunto de la Inmaculada Concepción de María, tema que López interpretó en diversas ocasiones con resultados muy similares al que aquí vemos.

La pintura que nos ocupa corresponderá a la primera etapa del artista, cuando su paleta se aclara y la pincelada se vuelve brillante, de delgada textura. Los contrastes cromáticos son fuertes y los paños que envuelven a las figuras se quiebran en pliegues vaporosos y de trazado bastante recto. Todo ello nos recuerda aún el decorativismo rococó: las atmósferas de Giaquinto, el refinamiento de Paret… Pero la afectación barroquizante de las figuras convive con un modelado de los volúmenes y una delineación de las anatomías que nos hablan bien a las claras de la maestría academicista de López.

Este contraste se aprecia especialmente en la figura de María. De idealizada languidez, eco de imágenes italianas, aparece, como era habitual en Vicente López, con discretos labios carnosos, nariz pequeña y grandes ojos que miran hacia el cielo. Las manos, tersas y regordetas, adquieren una manifiesta blandura. Las cruza ante el pecho, en actitud de recogimiento. Estos rasgos se combinan con el movimiento arrebatado de las vestimentas, resonancia ya más lejana de Lucas Jordán.

María está representada con algunos de sus atributos simbólicos habituales, a los que ya nos hemos referido en obras anteriores [132, 154]: túnica blanca y capa azul, aureola de once (sic) estrellas, a sus pies la serpiente mordiendo la manzana del pecado original… Faltan, sin embargo, los lirios y las azucenas, así como el sol y la luna. Y se añade el espejo orientado hacia Ella por un serafín, referencia a una de las letanías de la Virgen (espejo sin mancha, speculum sine macula) que recuerda su pureza virginal.

Algunos mofletudos angelitos revolotean a los pies de la Virgen, unos de cuerpo entero, otros únicamente a modo de cabecitas aladas que adoptan poses dinámicas, algunas muy escorzadas, demostrando la maestría compositiva del artista. Uno de ellos, a nuestra derecha, presenta un fuerte contraste lumínico, buscando realismo y expresividad. Como el resto de los personajes del cuadro son de rostros rellenos, con un grueso cuello, y con unos grandes ojos de cuencas redondeadas y enormes pupilas.

Como novedad respecto de otras pinturas del mismo tema salidas del taller de Vicente López en este caso se incorporan las figuras de Dios Padre y su Hijo, que elevados sobre las nubes y representados de medio cuerpo sostienen la corona con la que ungirán a María; y por encima sobrevuela la paloma del Espíritu Santo. Únicamente en una Inmaculada del Museo Castillo de Peralada (Girona), de la que se guarda boceto en la Biblioteca Nacional, encontramos una variación similar.

El Padre apoya una de sus manos sobre una bola junto con un discreto cetro, mientras con la otra sostiene la corona. Se atavía con manto y túnica ahuecados y de plegado un tanto grueso. Luce cabellos y barba blanca, muy airosos, enmarcando un rostro de gesto grave y carnaciones sonrosadas. Se nimba con el triángulo, alusivo a la Santísima Trinidad.

Por su parte, la efigie de Cristo nos remite a modelos empleados por López para otras figuras religiosas, como algunas de San José realizadas durante su primera etapa (San José con el Niño Jesús y San Juanito, en gloria de hacia 1796, en una colección particular madrileña). Es un Jesús juvenil, de cabello y barbas rubias, con un rostro más tierno que el del Padre aunque algo absorto en la mirada. Porta la cruz y cubre su recia anatomía con un paño cruzado encarnado.

La obra es, como vemos, un compendio de peculiaridades que se mueven a caballo entre dos mundos estéticos, apartándose en ciertos aspectos del arte de su tiempo pero plasmando el asunto con admirable y académica maestría técnica en cuanto al dominio del color, la composición y el dibujo.

El cuadro parece haber sido intervenido anteriormente, ya que el bastidor es más reciente y al adaptar el lienzo a éste las fauces de la serpiente se cortan bruscamente en el borde y en los márgenes de la tela se aprecian restos de pintura deteriorados.