Vicente Larrea: Cristo crucificado

Obispado de Bilbao
  • Bronce sobre cruz de madera. 41,5 x 39 x 3 cm. (Cruz: 60 x 47,5 cm.)
  • 1964
  • Nº inventario: 1431

Una de las mayores aportaciones del arte vasco a la historia general del arte es la realizada por la escultura contemporánea, de la que existen en esta tierra artistas muy destacados: Oteiza, Chillida, Basterretxea, Mendiburu… o el que ahora nos ocupa, el bilbaíno Vicente Larrea Gayarre (1934).

Nieto de Vicente Larrea, a quien ya nos hemos referido anteriormente [166], e hijo del también escultor José Larrea, comenzó su formación en el taller familiar y en la bilbaína Escuela de Artes y Oficios de Atxuri, para después trabajar en el estudio del escultor Raymond Dubois en Solesmes (Francia). Su amplia obra está muy repartida: País Vasco, Navarra, Madrid, Barcelona, La Rioja, Valladolid, Estados Unidos, Méjico, Chile…

En un primer momento sus esculturas reflejaban un figurativismo muy esquematizado –como la Virgen que realizó en 1957 para la iglesia de Las Mercedes de Las Arenas (Getxo), muy en consonancia con el mural de Ramil–. Pero sus formas se abstrajeron rápidamente, abandonando la figura en busca de la estructura, tratando de mostrar no tanto la superficie como lo que se mueve por debajo de ella, haciendo uso de las oquedades recuperando la intensidad de los juegos de luz y sombra propios del barroco.

En la primera fase de este proceso se incluyen varias obras directamente inspiradas en los cánones románicos, realizadas entre fines de los años cincuenta y la primera mitad de los sesenta del siglo XX. Entre ellas están este Cristo y el Pantocrátor [189] que se expone a su lado.

Jesús, fijado a la cruz con tres clavos, presenta un cuerpo extraordinariamente esbelto, llegando incluso a la desproporción en sus largas piernas y, sobre todo, en el cuello. La cabeza se dispone alzada, como si representase el momento previo a la expiración (“«Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Dijo esto y expiró”, Lucas 23, 46). Los brazos, que caen sutilmente, terminan en unas manos abiertas, tensas. Los pies se cruzan artificiosamente. Cubre su desnudez un largo faldellín que desciende por debajo de sus rodillas. Las desproporciones y la irregularidad de las superficies dotan a la imagen de cierta indefinición, pero sin renunciar a la figuración. El resultado es una figura de dramática intensidad, percepción incrementada sin duda por la propia naturaleza matérica y las cualidades formales de los acabados, rudos, ásperos y que nos remiten a modos del informalismo estético.