Andra Mari

Arantzazu. Iglesia de San Pedro Apóstol
  • Madera policromada. 63,5 x 18,5 x 18 cm.
  • Románico. Hacia 1190
  • Nº inventario: 327

La Virgen María ha sido siempre fuente de inspiración artística. Además de encarnar el ideal de belleza cristiano, es un tema iconográfico de gran contenido simbólico: María abrirá, gracias a su condición de Madre de Dios y Virgen, el camino de la redención de la humanidad, y actuará como intermediaria entre los hombres y Dios. En consecuencia, durante la Edad Media los temas marianos aparecen abundantemente en la escultura monumental, la pintura y la orfebrería, pero la forma de representación más frecuente es la escultura en bulto redondo de la Virgen con el Niño o Andra Mari. Es sin duda la imagen más querida por el pueblo, por la que éste manifiesta mayor devoción.

El modelo iconográfico se inspira en los evangelios apócrifos (Evangelio del Pseudo-Mateo, XVI, 2): “vinieron a Jerusalén unos Magos… entraron en la casa y encontraron al Niño en el regazo de su Madre”. Así pues, son en su mayoría del tipo Virgen trono, con el Niño sobre sus rodillas. Trabajadas habitualmente en madera policromada, se realizan principalmente en la mitad norte peninsular desde el siglo XII hasta el XVI.

Esta imagen de Arantzazu recoge fielmente las características de las Andra Maris: expresión intemporal y ausente, rasgos sintéticos y frontalidad. Un hieratismo que transmite solemnidad. El recurso a la desproporción física acentúa la expresividad, sobre todo en la cabeza de María. La Virgen actúa tan solo como asiento del Niño, a modo de Trono de Sabiduría (Sedes Sapientiae), sin llegar a entrar en contacto con Jesús. De hecho, los perdidos brazos de la Virgen probablemente formarían un ángulo recto, encuadrando la figura de su Hijo a modo de brazales de un sitial. El Niño es un varoncito inclinado hacia delante, que mira fijamente al frente y acaso mostrara ademán de bendecir al pueblo con la mano derecha y con la izquierda sostuviera un atributo (¿libro, rollo, bola?). Ambos personajes reflejan en sus rostros una gran serenidad.

La pieza acumulaba distintas y muy deterioradas superposiciones de épocas posteriores de las que ha sido despojada, quedando en madera vista. Por su parte, la mutilación de las extremidades superiores de la Virgen quizás pudo haberse ocasionado por la arraigada práctica desde la época barroca de vestir a las imágenes, amputando los elementos que pudieran sobresalir del traje y desvirtuando así la talla primigenia, aunque esta pérdida también podría deberse a que habitualmente estos elementos se labraban de forma independiente, y son por tanto más frágiles. A pesar de ello ésta debió ser una imagen relativamente fina a juzgar por la gracia de los rasgos faciales que conserva el rostro de la Madre.

Sus características formales nos permiten ponerla en relación con otras vírgenes con Niño existentes en territorios norteños, como La Rioja o Burgos. La falta de comunicación entre Madre e Hijo, las hieráticas facciones de los personajes y la predominante simetría y rigidez la sitúan dentro del románico pleno, aunque la leve inclinación de la cabeza del Niño así como los vestigios en la talla de María de lo que fue el cuello del manto nos acercan a tipos algo más evolucionados.