Retablo De La Pasión

Plentzia. Iglesia de San María Magdalena
  • Alabastro. 55 x 28 cm. (central), 40 x 28 cm. (laterales)
  • Gótico. 1440-1460
  • Nº inventario: 1597

Retablo formado por cinco relieves que representan el ciclo de la Pasión de Cristo. Los rasgos de las figuras nos permiten incluirlos en el tercer grupo de alabastros ingleses. Así, los ojos, que estarían policromados, muestran un acusado abultamiento; la musculatura del torso de Cristo aparece muy marcada; los paños son blandos; las alas de los ángeles adquieren gran realce; en la parte inferior gotas de color dibujan florecillas; el basamento está achaflanado y decorado con tracerías, aunque faltan las características cresterías caladas… Salvo por esta última ausencia, todo ello nos lleva al período 1440-1460. Fue ésta una etapa de plena industrialización, pero con obras aún de más que aceptable calidad.

La narración comienza de izquierda a derecha con la Traición de Judas o el Prendimiento, escena que cuenta con otros paralelos en la Península: dos fragmentos en el Museo San Telmo (Donostia-San Sebastián) y una pieza completa en la catedral de Mondoñedo (Lugo). Como es muy habitual en la plástica gótica, el relieve muestra dos sucesos simultáneamente: el beso de Judas y el momento en que Pedro corta la oreja a Malco. Jesús ocupa el eje de la pieza y es de mayor tamaño que Judas, hacia el que se dirige. Esta caracterización tal vez se base en las meditaciones de Santa Brígida de Suecia, cuando dice que María afirmó: “Mi hijo se inclina hacia Judas pues era de menor tamaño”. Sin duda es la figura de Cristo la mejor trazada. Su rostro presenta el característico abultamiento de los ojos, con pelo y barba rizados, y se cubre con túnica y manto de plegado quebrado. Los restantes personajes presentan fisonomías sumarias y de perfiles geométricos: Judas, un soldado que agarra a Jesús con una mano mientras con la otra ase una espada –disposición ésta muy habitual–, otro soldado sujetando un hacha y, al fondo, el resto de la tropa, portando uno de ellos el farol que mencionan los textos. Además se ha representado a los viles personajes con perfiles deformados y aplicándoles en las carnaciones una policromía que resalta su fealdad: barba negra, arrugas, mejillas y nariz rojiza.

El relato de San Pedro y Malco se suma a la composición. El apóstol está de pie, sosteniendo la espada, y ante él cae Malco, al que acaba de cortar la oreja, tendido en el suelo y agarrando una vara, como suele ser habitual, mientras observa al espectador. La escena se decora con florecillas de color y conserva el basamento achaflanado de tracería calada original. Además de esta pieza, solo otra de las escenas conserva su base de tracerías, pues las restantes tuvieron durante algún tiempo otras recreadas en escayola.

La de la Flagelación es una representación inédita en la colección alabastrina de origen inglés en España. Jesús está inclinado y semidesnudo, tapado con un exiguo perizoma y tocado con la corona de espinas, mientras es azotado por dos simétricas parejas de soldados. Está atado a una columna alta y lisa, que marca el eje central del drama. Cristo es la figura de mayor tamaño, como protagonista, y exhibe unos rasgos expresionistas y ciertamente angulosos. Los soldados levantan sus flagelos en movimiento, trabajados de forma esmerada, aunque una de estas fustas era rehecha de escayola. A diferencia del rostro de Cristo, las facciones de los soldados son más redondeadas y con rasgos algo grotescos. Además se tocan con gorros enriquecidos con representaciones de fauna imaginaria, quizás inspirada en el Salmo 22-17: “Me rodearon como perros, me cerca una turba de malvados…”. Es la representación que peor estado de conservación mostraba, con algunos añadidos de escayola que han sido retirados.

La Crucifixión centra la estructura del retablo. Se enmarca dentro de las crucifixiones del grupo D de la clasificación de Cheetham, con sólo un paralelo en la península, en concreto en el retablo de la catedral lucense de Mondoñedo. Se trata de la composición más abigarrada, con un total de 12 figuras. El eje central lo conforma nuevamente Jesús, crucificado. Es de fisonomía esbelta, tallado con un detalle –delicados dedos curvados, profunda herida en el torso– ausente en el resto de los personajes. Su cuerpo semidesnudo se cubre con un perizoma tratado prolijamente en sus plisados. Su semblante de perfiles sesgados y expresivos transmite el rigor mortis. A su alrededor se distribuyen los demás personajes. En primer plano la Virgen, de rasgos menos angulosos en el rostro, arrodillada y en actitud orante, aunque de espaldas a su Hijo. Detrás se colocan las otras dos Marías, de talla más elemental, y tras éstas el que parece ser San Juan Evangelista con su palma, situado en una posición secundaria que no suele ser usual en el Calvario. Cerca un busto de facciones angulosas empuña una lanza mientras con la otra mano señala su ojo: se trata de Longinos, esbirro encargado de rematar con la lanza a Cristo, que recuperó la vista al salpicarle unas gotas de la sangre del Señor, según relata La Leyenda Dorada. En este mismo lado un angelito levanta un cáliz para recoger la sangre de Cristo, un claro símbolo eucarístico, lo mismo que hacen el ángel a los pies y el de la derecha tras un púlpito. A nuestra derecha, donde la profusión compositiva resulta similar, un personaje de mayor tamaño y rostro bastante expresivo se levanta al lado de la Cruz; lleva un cetro y con su izquierda señala una filacteria que resbala por la Cruz y en la que se intuye la malograda leyenda V[ere] D[e]i [Filius] erat iste, (“Este es el verdadero Hijo de Dios”, Mateo 27, 34), que igualmente aparece en otros alabastros del mismo asunto. Con estos elementos podría identificarse esta figura con David que, siguiendo a Réau, es el profeta de la Crucifixión del Señor, aunque más sospechamos que se trate de un centurión. Junto a él un soldado con lanza, y por encima asoma otro busto que quizás corresponda con Estefanón, pese a que no exhibe la esponja que le caracteriza.

El resto del relieve se completa con aplicaciones de yeso y florecillas, como en las otras escenas.

El relieve próximo muestra la escena del Santo Entierro, tema del que en alabastro sólo existe en España otro ejemplar en la ya mencionada catedral de Mondoñedo. La composición mantiene los modelos iconográficos habituales de la época. Jesús, cubierto con una sábana hasta la cintura, es colocado en un sepulcro, dispuesto en diagonal, por Nicodemo y José de Arimatea. Cristo muestra su torso desnudo dejando a la vista el vientre hundido y unas marcadas costillas. Presenta un gesto rígido y, aunque esto es inusual, todavía luce la corona de espinas. Sobre Él está la Virgen, orante, y detrás otros personajes en actitud de recogimiento: San Juan, una mujer y un hombre –éste ha perdido las manos–. María Magdalena se sitúa delante del sarcófago. Es de menor tamaño y está arrodillada ungiendo la mano de Jesús con su pelo, un asunto rescatado seguramente de la unción durante la comida en casa de Simón el Leproso. La caracterización de su rostro es vulgar, y lo que más destacan son sus cabellos recogidos en trenzas; a nuestra derecha se coloca el tarro de perfumes, trabajado de manera sencilla.