Oración De Jesús En El Huerto

Gordexola. Iglesia de la Degollación de San Juan Bautista de Molina
  • Óleo sobre tabla. 30 x 23 cm.
  • Tardogótico. Hacia 1520
  • Nº inventario: 106

Esta tabla representa la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní momentos antes de ser apresado. Siguiendo el evangelio de San Lucas, Jesús está de rodillas, orando con las manos juntas en actitud de plegaria. Dirige su mirada hacia el cielo, desde donde le reconforta un pequeño ángel portador de una cruz y un cáliz, símbolos de la Pasión de Cristo.

Aplicando un criterio claramente jerarquizador, el resto de los personajes son representados en una escala menor a la de Jesús, a pesar de estar en planos más próximos. Así, sucede con los apóstoles preferidos de Cristo, Juan, Santiago y Pedro, a los que vemos en primer término. Aparecen dormidos después de celebrar la Última Cena, ausentes de las preocupaciones de Cristo, creándose un contraste entre la tragedia de éste y la tranquilidad de los discípulos. Pedro, el más próximo a nosotros, barbado y calvo, blande en su mano derecha una espada, seguramente la utilizada para agredir a Malco cuando apresen a su Maestro. Detrás se sitúa sentado San Juan, joven imberbe que apoya las manos sobre un libro, que será su Evangelio, y muestra gesto de placidez y sosiego en su rostro dormido. Más atrás reposa el apóstol Santiago, en posición muy forzada que permite asomar sus menudos y minuciosos pies tras una piedra que lo oculta parcialmente. Las figuras se coronan por sendos nimbos, unas finas líneas doradas, aunque Pablo lo ha perdido.

Además, a nuestra derecha se sitúa un corro de figuras aún más pequeñas, de los que solo vemos parte de sus bustos y cabezas. Se trata del resto de los discípulos, cuyas fisonomías han sido meticulosamente representadas pese a su reducido tamaño. Dormidos en una cavidad del monte, hay un total de ocho; por tanto, nos falta uno para completar la comunidad. Éste será Judas Iscariote que, traicionando a Cristo, vendrá después guiando a los soldados hasta Él. Parece adivinarse esta trouppe a lo lejos, diminutas figuras que se localiza a nuestra izquierda.

Este drama se sitúa en un paisaje rocoso y arbolado al aire libre, con Cristo al final de un camino sinuoso que se cierra en primer plano con una sencilla valla de madera, dejando simbólicamente fuera a los discípulos. El espacio se llena a la derecha con espesos y altos árboles, que no son los esperables olivos, sino más bien alguna especie propia de clima atlántico, a imitación de los bosques del norte europeo. Al fondo continúa esta campiña, el valle del Cedrón: un paisaje áspero, con un torrente, una colina y algún elemento arquitectónico.

A pesar de las modestas dimensiones de la obra, todos los elementos se han realizado con gran meticulosidad y delicadeza. Los rostros buscan el realismo, y como es propio de la pintura de este periodo las vestimentas son voluminosas, de pliegues quebrados, metálicos. El pintor muestra una especial preocupación por la exquisitez de los detalles en ropajes y paisaje. El rudo escenario creado, que provoca en el espectador una aflicción interior, acentúa la situación dramática que atraviesa Cristo.

Estos pasajes de la Pasión alcanzaron gran popularidad a fines de la Edad Media. Proliferaron tanto en pintura como en escultura, debido a su papel en la doctrina cristiana para la Salvación. Como sucedía con otras obras de la época, sus fuentes iconográficas eran básicamente estampas o grabados que circulaban por las ferias y eran adquiridos por los distintos talleres para plasmarlos en sus trabajos. En el caso concreto de nuestra tabla, existen paralelos prácticamente miméticos en una obra del grabador alemán Schongauer (Museum Boijmans Van Beuningen, Rótterdam, Países Bajos), una tabla pintada al óleo (Colecciones Artísticas de la Universidad de Lieja, Bélgica), de autor desconocido pero posiblemente realizada en Alemania entre 1501 y 1510, y otra pintura al óleo sobre tabla atribuida a Adrian Isenbrant (perteneció a la colección Thomée, Altena, Alemania, actualmente en paradero desconocido).

Su origen iconográfico, además del marcado carácter flamenco que se aprecia en el sugestivo uso del color, el preciosismo aplicado a los detalles y las telas, el gusto por el paisaje y el empleo de una perspectiva que se acerca al naturalismo, nos permiten suponer que estamos ante una obra de importación que llegó a nosotros gracias a las transacciones comerciales establecidas entre los puertos cantábricos y las ciudades de la Europa Noratlántica. El autor, sin embargo, queda en el anonimato, pese a que en el reverso del cuadro se lee una inscripción que parece del siglo XVIII y que dice: “Vale 20 doblones y es de la mano de…”, pero el nombre que sigue resulta ilegible.