Luisa Roldán, “La Roldana” (ATRIBUCIÓN): la huida a Egipto

Depósito del Museo Vasco (Bilbao)
  • Terracota policromada. 65 x 82 x 22 cm.
  • Barroco. Principios del siglo XVIII
  • Nº inventario: 1548

Esta deliciosa obra se atribuye a la escultora sevillana Luisa Roldán (1654-1704), La Roldana. Hija del también escultor Pedro Roldán, alcanzó gran fama hasta llegar a convertirse en la primera y única escultora de cámara con Carlos II, puesto en el que continuó después con Felipe V.

Inmersa en plena época barroca, destacó por sus obras de temática religiosa, tanto de gran tamaño (pasos de Semana Santa) como de pequeñas dimensiones. Éstas estuvieron con frecuencia realizadas en barro cocido y destinadas al ámbito privado. Hábil conocedora de las cualidades escultóricas de diversos materiales –madera, piedra, barro–, en sus obras destaca el detallismo y la vistosa policromía.

La atribución de esta pieza a la escultora sevillana se debe fundamentalmente a la afinidad formal y estilística de dicha obra con otras de su prolífica producción. De hecho, presenta paralelismos con una de la colección de la condesa de Ruiseñada (Donostia-San Sebastián), que interpreta el Descanso en la huida a Egipto y es empresa segura de la escultora, del año 1691. Sin embargo, en su parte posterior puede verse un anagrama a modo de firma grabada: AJR. La Roldana signaba con nombre y apellidos completos, lo que haría de éste un caso singular. Cabe la posibilidad de que el autor material de la obra fuera un discípulo muy cercano a la artista, aunque lo cierto es que el movimiento, preciosismo y aspecto aporcelanado de las figuras nos llevan a pensar directamente en Luisa Roldán. La escultura puede fecharse a comienzos del siglo XVIII, cuando el estilo de la artista gana aún más en expresividad, elegancia y frescura.

Nuestra obra, apoyada sobre una base de madera, está modelada en terracota y ricamente policromada. La escena reúne las figuras del Niño Jesús, María y José y varios angelitos pendientes de la Familia en un escenario muy barroco con frondosa y agitada vegetación y una fuente. Se corresponde con el pasaje en que Jesús hace brotar agua de las raíces del árbol para saciar su sed, si bien en este caso el manantial ha sido sustituido por la monumental fuente. Este pasaje, frecuente en obras de la época, es sin embargo relatado solamente por San Mateo (2, 13-14) y enriquecido por los Apócrifos (Evangelio del Pseudo Mateo) y la Leyenda Dorada.

La composición preludia en cierta manera las formas rococó, sobre todo si observamos la agitación de los ángeles acompañantes, aunque la Familia se muestre algo más sosegada. Ésta, además, parece unirse de forma especial a base de gestos cariñosos –la Virgen mira y dirige la mano hacia José, El Niño se apoya afectivamente en su Madre…–, lo que confiere al conjunto un encanto y una delicadeza especiales. Ante ellos dos ángeles, que suelen encontrarse con frecuencia en belenes atribuidos a Luisa Roldán y que, con cierta reserva, podrían identificarse con los arcángeles Gabriel y Miguel, heraldos de nacimiento y muerte, les conducen hacia la fuente donde poder realizar un descanso. Y junto a la fuente un grupo de amorcillos.

La fisonomía de los personajes destaca por la delicadeza y dulzura de los rostros, de suaves carnaciones, que transmiten humanidad y placidez en su expresión. Algunos detalles, como el pelo corto y rizado del Niño, son rasgos característicos de la última fase de La Roldana. Se atavían con prendas de paños secos y ahuecados que están preciosamente ornados a base de estampados de color y oro. El virtuosismo con el que han sido trabajadas estas indumentarias es verdaderamente sorprendente. Asimismo tanto los dobladillos de las mangas y el escote como el manto que se cruza por delante de María son también habituales en los personajes de La Roldana. Las agraciadas poses y los airosos ropajes arrojan realismo y armonía sobre el conjunto, conformando una escena muy narrativa en la que abundan los detalles anecdóticos.

La vegetación del fondo difiere en cierto modo de la usual en esta escena: la habitual palmera datilera o el naranjo han sido sustituidas por una densa y agitada floresta. La policromía de los ropajes es lujosa, a base de dorado, negro y rojo, con abundante decoración vegetal, mientras que en las carnaciones se opta por tonos suaves y delicados.