Luis Paret y Alcázar: Santa Lucía

Larrabetzu. Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora
  • Óleo sobre lienzo. 250 x 168 cm.
  • Barroco. Rococó. 1784
  • Nº inventario: 1157

Es ésta la pintura de mayor calidad que el madrileño Luis Paret y Alcázar (1746-1799) realizó en los años que residió en Bizkaia, cuando ya era un artista consolidado. Es un notable ejemplo de la pintura rococó por su exquisitez formal, elegancia y delicadeza polícroma.

El cuadro narra el martirio de Lucía de Siracusa. Habiendo marchado en peregrinación al sepulcro de Santa Águeda para curar a su madre, fue denunciada por su novio pagano ante el cónsul Pascasio por ser cristiana, en venganza por gastar en limosnas la hacienda de la que él quería beneficiarse. El cónsul dio orden de atormentar a Lucía, sometiéndola a distintos y penosos martirios, hasta que por fin pereció por el filo de una espada que le atravesó la garganta.

El centro de la tela lo ocupa la Santa, que adopta una refinada pose mientras su verdugo le sujeta la cabeza por el pelo. Su rostro no deja asomo al sufrimiento, manteniendo un gesto sereno, con una mano en el pecho y la mirada entornada hacia el cielo. Es de anatomía dulce, carnosa y delicada, estando vestida con lujosas y exquisitas prendas a la moda rococó.

El esbirro a la derecha de Lucía exhibe una potente anatomía y mantiene una pose dinámica, adelantando la pierna derecha mientras la otra queda en el aire. Sujeta con la mano izquierda la cabeza de Lucía y con la derecha ase un puñal con el que inferirá la herida mortal en la garganta de la doncella. Descubrimos ciertas reminiscencias flamencas en este personaje, sobre todo en su cabeza, que nos recuerda a Jordaens o a Rubens.

Alrededor del drama central se distribuyen distintos personajes que refuerzan la narración. A nuestra derecha dos ancianos y un joven enseñan a Lucía un ídolo pagano que querían que adorara. Son de lo más expresivo del lienzo. Al otro lado, tras el verdugo, se disponen un militar y un lictor romano (ministro de justicia) que observan atentos el evento. Y en un plano más elevado, sobre un podio, se sienta Pascasio junto a otro juez, mirando impávidos a Lucía.

Rematan la escena una pareja de angelitos que revolotean sobre ella, uno portando la palma del martirio y el otro sosteniendo una corona de flores, tal como se inviste a las vírgenes más ilustres. A nuestra derecha un tronco de árbol en diagonal busca el equilibrio con la parte izquierda del lienzo, originando un esquema triangular que confluye en la santa.

Debajo de Lucía se sitúan algunos elementos alusivos a su martirio: una bandeja con sus dos ojos, que según una versión de su leyenda ella misma se arrancó, y a la izquierda restos de la fogata con la que quisieron acabar con la santa sin éxito. Bajo estas brasas se rubrica el lienzo: Ludovicus Paret pingebat Bilbai, anno MDCCLXXXIV.

En conjunto esta pintura manifiesta un notable dominio tanto del dibujo como del color, con esa gracia en la pincelada similar a Watteau. Hay además una elegancia en el tratamiento de los personajes que nos remite a lo francés, y que posiblemente se deba a la influencia que sobre Paret ejerció el pintor galo Charles-François de La Traverse, como ya apuntó Calle Iturrino. Con respecto a la estancia de Paret en Bilbao Gaya Nuño afirmaba que fue “una de las más fecundas y felices en las actividades del artista”. A la villa vizcaína llegó en 1779, en los últimos años de vida de Carlos III, y en ella dejó muestra de su prolífica y heterogénea producción. Diseñó las fuentes de la plaza de Santiago y la de los Santos Juanes o Atxuri, el monumento de Semana Santa de la bilbaína iglesia de Santiago, un sagrario para la de San Antón, la decoración del oratorio del Ayuntamiento… Pero también dejó un buen número de cuadros y dibujos: además del que nos ocupa recordemos un lienzo sobre La Invención de la Santa Cruz para la familia Gortázar, algunos retratos como el del conde de Peñaflorida, la Vista del Arenal bilbaíno y diversas imágenes de puertos del Cantábrico.