Luis Fernández de la Vega (atribución): San José con el Niño

Gamiz-Fika. Ermita de San Miguel de Garaioltza
  • Madera policromada. 120 x 91 x 37 cm.
  • Barroco. Hacia 1660
  • Nº inventario: 1416

Durante siglos San José ocupó un papel secundario en la iconografía cristiana, limitándose a acompañar a la Virgen y a Jesús en algunas escenas. Pero la Contrarreforma lo recuperó para la devoción, llegando a ser nombrado patrón de la Iglesia universal en 1870. En España se hizo singularmente popular gracias a la labor de difusión de Santa Teresa de Jesús, que le adoptó como su patrón y le dedicó su primer convento en Ávila. Todo ello tuvo un inmediato reflejo en el arte, y San José pasó a ser protagonista de numerosas obras.

Una de las formas en las que se le representa más habitualmente es la de San José con el Niño, al que coge protectoramente con una mano mientras en la otra sostiene una vara florida. Este atributo recuerda la tradición según la cual el milagro de la espontánea floración de su cayado fue la señal que Dios hizo para que fuera escogido entre los pretendientes a desposarse con María –y que no es sino la transposición de la vara del sacerdote Aarón milagrosamente florida en prueba de la alianza de Dios con el pueblo de Israel–.

Así le vemos en esta magnífica escultura procedente de una modesta ermita rural, que sigue los naturalistas modelos de Gregorio Fernández. De hecho, se deberá a uno de sus discípulos, el asturiano Luis Fernández de La Vega (1601-1675), autor de una pareja casi idéntica –incluso en la policromía– conservada en el convento de carmelitas de Medina del Campo (Valladolid). De la Vega aprendió su oficio en Valladolid con Gregorio Fernández en la década de 1620. A su regreso a Asturias ya era considerado un gran escultor, y de hecho se deben a él algunos de los mejores retablos de la región. Su fama llegó a tierras de León, Navarra y Valladolid, aunque en su producción se observa una calidad heterogénea, en función del cliente o el lugar para el que destinaba la obra.

En nuestra imagen San José aparece como un hombre maduro de aspecto amable, carente del misticismo que por aquellas fechas impregnaba muchas imágenes, buscando transmitir a los fieles paz y proximidad. De cuidadas proporciones y noble compostura, orienta su mirada hacia el Niño con gesto atento aunque serio. Su cabello se ordena en detallistas mechones al más puro estilo de Gregorio Fernández. Ha perdido la vara que sostendría con su mano izquierda.

Jesús, por su parte, es un niño de unos tres o cuatro años. Dispuesto en diagonal, estira su brazo izquierdo hacia su progenitor, mientras el otro queda en suspenso en el aire dando idea de movimiento. La sensación de afecto se realza con el gesto y el giro de su cabeza hacia José. Por comparación con la obra del convento de carmelitas de Medina del Campo podemos suponer que portaría en su mano derecha el serrucho de su padre.

La complicidad entre los personajes se hace patente en el expresivo gesto de acercamiento y en las miradas que se cruzan, pero queda un tanto contenida por la dureza de los ropajes. En efecto, los dos visten túnicas de pliegues quebrados, metálicos, que caen rígidamente y ocultan las formas anatómicas –sobre todo en Jesús–, dando cierta pesadez a los volúmenes.

La rica policromía de la pieza se halla bastante bien conservada. La túnica de San José se colorea con plata corlada en verde, que en el ribete inferior se adorna con una greca decorada con estofados de motivos vegetales en blanco, verde y carmín. El manto se policroma en tono terroso bordeado por filigrana de vegetales muy estilizados dibujados en oro. En ambas prendas estas grecas se extienden a la parte interior de los tejidos, perfectamente tallados. El vestido del Niño, por su parte, se policroma a base de estofado con esgrafiado y algunos motivos pincelados en carmín en cuello y bocamangas. Las carnaciones, realizadas a pulimento –lustre conseguido una vez aplicado el color frotando con tripa de animal–, son morenas y cálidas para San José y más claras en Jesús.