Lucas Jordán (atribución): ciclo de la vida de Cristo

Bilbao. Iglesia de Santa María de Begoña
  • Óleo sobre lienzo. Diversas medidas (75/78 x 54/56 cm. máximo)
  • Barroco. Hacia 1700
  • Nº inventario: 1140-1151 y 1374

La exposición continúa con un conjunto de obras del prolífico pintor napolitano Luca Giordano o Lucas Jordán (1634-1705), catorce cuadros de caballete que ilustran diferentes episodios de la vida de Cristo, centrándose la mayor parte de ellos en su Pasión. Proceden de la cajonería de la sacristía de la basílica de Begoña, a la que fueron donados por María Josefa de Orúe en 1849, sin que se sepa como llegaron hasta ésta. Ha sido considerado como el conjunto pictórico más importante del barroco en Bizkaia, y probablemente fue realizado cuando el artista era pintor de corte de Carlos II, entre los años 1700 y 1702.

Discípulo de Ribera y fuertemente influenciado por maestros venecianos como Tiziano, Veronés o los Carracci, Jordán evolucionó desde un oscuro realismo hasta las luminosas apoteosis barrocas, llegando a ser una de las cumbres de la pintura de su tiempo por su estilo arrebatador y el brío cromático de sus obras. A su virtuosismo técnico unía una sorprendente rapidez de ejecución, lo que le hizo acreedor del apodo fá presto (el rápido). Esta enorme capacidad productiva y sus dotes tanto para la pintura al fresco como para la de caballete hicieron aumentar los encargos, obligándole a recurrir a numerosos ayudantes, lo que a veces dificulta el reconocimiento de su mano.

La frase “más atendía al todo que a las partes” que sobre él dejó escrita el tratadista y pintor Antonio Palomino, que le conoció en Madrid, se puede aplicar a la perfección a la serie de catorce cuadros de la Vita Christi que se exponen en el Museo. Como es habitual en sus obras, Jordán toma en especial consideración la composición general frente a los elementos particulares, y lo hace de manera audaz recurriendo a escorzos con pincelada suelta y enérgica y aprovechando al máximo los juegos de policromía y la luz, llegando a descubrirse en algunas escenas cierto naturalismo tenebrista.

En efecto, lo primero a considerar en cada una de las piezas es el conjunto, la ágil composición global, y luego la pincelada muy libre tanto en figuras como en ambientaciones. Los cuadros son de carácter tremendamente narrativo y dramático. Predomina en ellos la actividad y la ocupación de los escenarios con personajes, arquitecturas o celajes, remarcándose todo con juegos cromáticos vaporosos y luminosos, recurriendo frecuentemente a los contrastes de luz y sombra. En algunos casos los personajes hacen desvanecerse los límites espaciales irrumpiendo en los espacios destinados al cielo, incrementando con ello la movilidad de la escena. Rasgo genuinamente barroquizante es el uso de la contemplación sotto in su (de abajo a arriba) en varias de las pinturas, acrecentando la teatralidad y el dinamismo del tema plasmado.

La serie se inicia con la Natividad y Adoración de los pastores. En ella destaca la peculiar luminiscencia y gradación aplicada al Nacimiento de Jesús, que irradia sobre los demás figurantes. Es un tema bien conocido de Jordán, que repite el lienzo pintado entre 1690 y 1692 para la napolitana iglesia de los Santos Apóstoles, aunque el ejemplar de Bilbao no alcanza la misma pericia.

A continuación la Epifanía o Adoración de los Magos, abordado de una forma más clásica y ponderada, con un interés mayor por las representaciones en primer plano.

Tras estos dos lienzos se pasa directamente al ciclo de la Pasión. Empieza con la Institución de la Eucaristía o Comunión de los apóstoles. No es un tema muy habitual, pero viene a revelar el carácter didáctico propio del arte de la Contrarreforma. El asunto se arregla con una composición mesurada, en la que la luz no resulta tan efectista en favor de un mayor intimismo.

En la Oración en el Huerto merece nuestra atención la notable calidad formal, donde Giordano ha sabido plasmar magníficamente el temperamento y la expresividad de Cristo al recibir el cáliz que simboliza su sacrificio.

La serie prosigue con el lienzo de Cristo ante Caifás. Pintura muy ágil, de tonalidades frías, sitúa la escena en un interior alumbrado por una discreta lámpara que confiere a la estancia un ambiente lumínico casi artificial.

A su lado Cristo ante Pilatos. Con la característica rapidez de los trazos de Jordán, este tema muestra más claramente que otros las referencias a los grabados de Lucas van Leyden y a la Pequeña Pasión de Durero.

Continúa la Flagelación, composición muy barroca donde se integran el ímpetu pictórico que muestran los esbirros con el protagonismo y perfección formal de Jesús. Éste, atado a una columna baja, debe adoptar un marcado contraposto que además cobra especial significado con el aporte cromático tenebrista.

Los Primeros ultrajes, la Mofa de Cristo o los Improperios se expone al lado. A pesar de no ser un pasaje muy representado se adaptó perfectamente a la dogmática disciplina contrarreformista. Se desarrolla en un interior, y en él se potencia la espiritualidad a partir del uso de la luz.

En la Coronación de Espinas vemos mejor que en ninguna otra pintura el característico esquema piramidal barroco, cuyo dramatismo se acentúa con la soltura de la pincelada y la corrección del dibujo.

De acuerdo al ciclo narrativo, continúa el relato con el Ecce Homo, plasmado de manera pedagógica y descriptiva, y haciendo gala de una soberbia concepción formal donde los valores cromáticos son los definidores de los volúmenes.

El relato prosigue con el encuentro de Cristo con la Verónica cuando va camino del monte Calvario. Con una luz artificiosa y una visible inclinación hacia los esquemas en diagonal, este lienzo va acrecentando el drama y la piedad.

Añadiendo mayor fuerza expresiva si cabe se muestra el momento de la Elevación de la cruz. Jordán empleó aquí los recursos más teatrales, con zonas de luces y sombras acompañadas de un complejo diseño compositivo. Este tema, abordado por el artista en otras ocasiones, se refleja en este lienzo de manera magistral, grandiosa, con tintes que evocan a Rubens.

Concluye la serie de la Pasión con La Piedad o el Llanto sobre Cristo muerto que, como buen desenlace, rebosa dramatismo, aunque solucionado de manera más académica, clásica.

Aún queda un cuadro más, insólitamente incluido dentro de este conjunto dedicado a la Vida de Cristo. Se trata de una Magdalena penitente. Está representada con una expresión de afectación bastante acentuada, cuyo dramatismo queda enriquecido con la diamantina iluminación de la tela que la hace destacar sobre el sombrío fondo.

En su conjunto esta serie presenta los rasgos propios de la época de madurez de Giordano: ejemplo de virtuosismo técnico, en las pinturas adquieren un protagonismo particular la luz y la atmósfera espacial definida con soltura, realizando concesiones a la desintegración de las formas, tendencias formales que irán ganando terreno en la pintura barroca del siglo XVIII.