Capa Pluvial

Markina-Xemein. Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora
  • Bordado en oro sobre terciopelo burdeos (reciente). 130 x 135 cm.; capillo 47 x 43 cm.; cenefa 24 cm. de ancho
  • Renacimiento. Segundo cuarto del siglo XVI
  • Nº inventario: 864/1

Utilizada por los sacerdotes en funciones litúrgicas de cierta solemnidad, la capa pluvial con su capillo a la espalda es uno de los ornamentos más antiguos que se mantienen aún en uso. Su origen debemos buscarlo en la lacerna, un manto con capucha usado por los romanos para protegerse del frío y la lluvia, de donde derivó su actual nombre, pluvial. Después, al menos desde el siglo IX, los sacerdotes la adoptaron para su uso en procesiones al aire libre. Con el paso del tiempo el gorro o cucullus desapareció como tal, pero su recuerdo quedó en el capillo.

Nuestra capa está realizada en terciopelo carmesí –que no es el original, pues fue renovado en una restauración– enriquecido con finos bordados en seda y oro. Se abrocha a la altura del pecho con una faja rectangular de bordados vegetales que incluye una trabilla tetrapétala de plata labrada que logra el cierre al unirse con otra en la propia capa. Presenta punzón E/PEREZ, correspondiente al platero Eduardo Pérez Valdearcos activo en Madrid desde finales del XIX.

La banda de orfrés (galón de bordados) que bordea la capa acoge seis marcos cuadrangulares para imágenes de apóstoles en casas bajo arcos de medio punto posados sobre columnas lisas. Estos escenarios presentan cierta perspectiva, acentuada por el simulado de enlosado. Los apóstoles se atavían, como es usual, con túnica y manto, van descalzos y dignificando su apariencia se presentan nimbados. En el borde izquierdo vemos, de arriba abajo, a San Juan Bautista, con el lábaro de la Resurrección; le sigue San Pedro, que porta las llaves; en la zona baja se dispone San Bartolomé, que ase el cuchillo con el que fue desollado; ya en la parte derecha vemos en el casetón superior a San Pablo, llevando la espada; bajo él San Juan Evangelista, sujetando un cáliz del que parece asomar un dragoncito, muy ajado; y finalmente quizás se ha representando a Santiago apoyado en un bastón, y en el que se puede apreciar la bondad del bordado original en su rostro. Los espacios libres sobre las arquerías se llenan con roleos que enmarcan pelícanos picoteándose el pecho, clara alusión eucarística.

En la trasera pende el capillo. Está ricamente bordado con la figura de la Virgen entronizada con el Niño en su regazo, flanqueados ambos por un par de ángeles de vistosas alas que tocan chirimías. Los personajes y su disposición nos recuerdan estampas tardogóticas de origen flamenco o pinturas de los seguidores de Van Eyck. Un hecho que no es raro, pues de Flandes salieron multitud de cartones especialmente diseñados para los ornamentos religiosos, cuyo uso fue habitual en los talleres de bordadores del siglo XVI, aunque rápidamente se comenzaron a introducir motivos renacentistas. Las figuras se enmarcan en un arco rebajado que a cada lado se prolonga en sendas arquerías apeadas sobre columnas. Por encima de estos arcos se bordan finos vegetales simétricos, heraldos del nuevo estilo. La escena se guarnece por retorchas (borde ancho de cenefa) de oro alrededor y un ribete de terciopelo rojo, y todo cuelga de la greca que recorre los bordes de la capa.

El ornato es rico y desarrollado, combinándose distintos tipos de puntos, con bordado de pintura a la aguja, hilos de oro y plata entorchados e hilos de sedas de colores a punto de matiz y otras labores más próximas al punto de tapicería. En las superficies más amplias se ha utilizado el “hilo de oro tendido”, fijado mediante puntadas perpendiculares con hilos de colores y yuxtapuestas, originando diversos efectos cromáticos y lumínicos. Las carnaciones y cabellos de los personajes se han realizado sobre seda y en “punto matiz” que otorga cierto volumen a las anatomías, y definiendo rostros y peinando el cabello se ha usado el “punto atrás”. Para remarcar los cuerpos se han sumado tirillas doradas. A estos bordados principales se añaden cordón, cadenetas y grecas de enmarque que evocan diseños propios de orfebrería. El predominio del dorado crea además un bello contraste cromático con el rojo del terciopelo, y quizás fuera éste su color primitivo.

Según relata Ybarra esta capa, junto a un par de dalmáticas y un paño de altar, se guardaba en una caja con una inscripción que decía “Ornamento entregado por Martín de Bidarte y María Saenz de Zubillaga, su madre, a los señores Curas, Beneficiados, Patronos y Mayordomos de la iglesia de Santa María de Xemein, a 3 de julio de 1542; renovado en el de 1597 a expensas de otro Martín de Vidarte y su madre Ana Fernandez de Licona; y entregado nuevamente, después de restaurado, por Joaquina de Murga y Mugartegui, poseedora hoy del vínculo de Vidarte. Año 1884″. Lamentablemente no podemos confirmar este dato pues actualmente no se conserva la caja. En cualquier caso se trata de una pieza notable, que recuerda las capas denominadas “de Basilea”, con el típico bordado flamenco en tira que tanto influyó en los talleres de bordadores castellanos.