Antonio Carnicero: Inmaculada Concepción

Gordexola. Iglesia de la Degollación de San Juan Bautista de Molinar
  • Óleo sobre lienzo. 167 x 110 cm.
  • Barroco. Rococó. 1769
  • Nº inventario: 1132

Ya hemos hecho referencia a la extensa difusión de la devoción a la Inmaculada Concepción, reforzada por los ideales contrarreformistas y divulgada especialmente por la orden franciscana, que ya desde la Edad Media la promovió tanto entre la nobleza como entre el pueblo llano.

Desde un punto de vista iconográfico, ésta es la más característica y completa representación de la Inmaculada de las conservadas en el Museo. La Virgen aparece de pie, ladeada hacia su derecha y con las manos cruzadas sobre el pecho. Frágil y delicada, adopta una actitud sumisa ante el designio divino de descender a la tierra en su papel de redentora, actitud reforzada por sus ojos entreabiertos y dirigidos al suelo.

María presenta un rostro oval, con larga melena peinada con raya al medio que se desliza por sus hombros. Se guarnece con túnica blanca, amplia de hechura y mangas, que deja asomar los puños de una prenda interior en tono dorado. Se adorna con bordados y perlas en cuello, reborde bajo y bocamangas, éstas últimas de color encarnado en su parte interna. Sobre la túnica vuela el manto, azul, que se dispone en diagonal aportando gracilidad y fluidez a la representación.

La Virgen se apoya sobre la bola del mundo y la media luna, y deja entrever al sol que oculta tras su cuerpo. Revoloteando en sus pies, varios querubines rollizos, algunos de ellos portando lirios y azucenas. Cerca de éstos, a nuestra derecha, se añade la imagen del mal, un dragón o tarasca que mira a los ángeles niños. En los ángulos de la parte superior más angelitos enmarcan la figura protagonista y triunfante de María.

Como ya hemos señalado en otras representaciones inmaculistas, parte de sus atributos responden a un pasaje del Apocalipsis (“apareció en el cielo una señal grande, una mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas”), a los que se dan ahora nuevas interpretaciones: la aureola de estrellas simboliza los doce privilegios o prerrogativas de la Virgen y también sus doce gozos; la luna nos remite tanto a la castidad como al triunfo cristiano sobre el Islam plasmado materialmente en la batalla de Lepanto (1571). Los lirios y las azucenas, derivados del Cantar de los Cantares y del tema de la Anunciación simbolizan la pureza y la virginidad. El dragón nos remite tanto al Apocalipsis como a la serpiente del Génesis (“pongo perpetua enemistad… entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza”). Incluso los colores aportan un mensaje simbólico: el blanco de la túnica refiere la inocencia y la pureza; el azul del manto es el cielo, el amor celeste y la verdad.

Esta pintura sigue los modelos acuñados en el siglo XVII por Miguel Jacinto Meléndez, José Antolínez y Mateo Cerezo el Joven. La que tratamos aquí es del siglo siguiente, y aparece firmada y fechada en el ángulo inferior izquierdo: Antonius e Carnicero ft Año 1769. Antonio Carnicero (1748-1814) ocupó el oficio de pintor de cámara de Carlos IV y José I, y realizó abundantes retratos y pinturas de temática religiosa. Este asunto de la Inmaculada, en concreto, fue repetido por él idénticamente en varias ocasiones: hay un ejemplar en el Asilo de Cigarreras de Madrid, otro en el Museo del Prado (hoy depositado en la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid) y un tercero en el antiguo convento de Santa Isabel de Sandamendi, en el mismo municipio de Gordexola al que corresponde el cuadro del que ahora hablamos. Además el Museo Diocesano conserva otra obra, ésta sin firma, procedente de la parroquia de San Martín del Carral, en Sopuerta [154]. Tradicionalmente ha sido también atribuida a Carnicero, si bien un reciente estudio ha puesto en duda esta autoría, adjudicándosela directamente a Mateo Cerezo el Joven (1637-1666) o a su taller, situándola hacia 1666, cuestión ésta aún por esclarecer.