Andra Mari

Zamudio. Iglesia de San Martín Obispo
  • Arenisca. 104 x 36 x 18 cm.
  • Gótico. Último tercio del siglo XIV
  • Nº inventario: 1229

Junto a la Andra Mari sedente existe una tipología de Virgen erguida que sostiene al Niño apoyado sobre su cadera. Esta variedad, minoritaria entre nosotros, se relaciona con modas francesas y flamencas. Son imágenes de contornos suaves, con anatomías y actitudes cada vez más naturalistas que rompen definitivamente con el hieratismo del pasado. La composición se vuelve más relajada, las telas más dúctiles y el Niño más dulce, aunque manteniendo su actitud de magisterio. Estas figuras erguidas posiblemente llegaron hasta nosotros a través del reino de Navarra, muy vinculado a Francia desde el siglo XIV –sus reyes eran, de hecho, franceses–.

A este modelo responde la Andra Mari que remataba la portada sur de la iglesia de San Martín de Zamudio.

Se presenta a María de pie, con su pierna derecha flexionada, dibujando una suave curva (hanchement) que hace destacar su cadera izquierda. Es en ese lado donde se apoya el Niño, en una posición elevada, sustentado por el brazo de su Madre. La inclinación de la figura de María contribuye a su equilibrio compositivo, gracias a la suavidad de la curva trazada.

Ella viste la frecuente túnica larga, que tiene el cuello cuadrado y se ajusta al talle con un estrecho cinturón decorado a base de incisiones verticales. La túnica cae en pliegues tubulares que acompañan y refuerzan la curvatura del cuerpo. Bajo ella asoman los zapatos, de perfil apuntado. Encima de la túnica se dispone el manto, que cae hasta la altura de las rodillas creando pliegues dóciles muy naturalistas.

La cabeza de María luce una cabellera ondulada cubierta por un velo corto que por delante le llega justo hasta los hombros, mientras que por la espalda desciende plano dividiéndose en dos pliegues. Sobre el velo, la corona nos desvela un trabajo virtuoso a base de delicadas hojas vegetales de refinado gusto francés.

El rostro de la Virgen es sereno, redondeado, las mejillas rellenas, labios y nariz discretos y ojos almendrados, todo con unas ponderadas proporciones.

En la mano derecha la Virgen porta un pájaro, atributo naturalista muy propio del momento, al que le falta la cabeza, y su mano izquierda sostiene al Niño. Los dedos son alargados y esbeltos, adornándose el dedo corazón de la izquierda con un anillo –una pincelada de tradición señorial–.

El Niño, levemente ladeado, luce una amplia túnica que crea suaves ondas en la parte de abajo. Queda a la vista su pie izquierdo, de dedos regordetes y un tanto desproporcionados. La cara de Jesús, parcialmente perdida, sigue los cánones de la de la Madre: redondez y cierta dignidad, recordándonos más bien a un niño mayor.

Cristo mira al espectador, no a su Madre, llevando una esfera en la mano izquierda (atributo más propio del románico) al mismo tiempo que con el dorso de la otra roza a María. La asignación de un atributo poco terrenal a Jesús, que además nos remite a la etapa artística anterior, se deberá a una concepción magna del Niño un tanto anticuada ya en el mundo del gótico. Este aspecto se ve reforzado por la relación establecida entre ambos personajes: es natural, pero no se miran y no se presentan tan desenvueltos como en otras imágenes de esta tipología.

Nuestra escultura apenas conservaba una policromía del siglo XVII pobre y muy deteriorada, por lo que se optó por darle una tonalidad neutra, mediante una aguada ocre.